20/07/2008
20/06/2008
El futuro que imagina Intel en movilidad y salud
FRANCIS PISANI Desde el Pacífico
El futuro que imagina Intel en movilidad y salud
Máquinas que analicen el contexto y que sean capaces de anticipar servicios, eso imagina Intel.
FRANCIS PISANI 19/06/2008
INTEL QUIERE que usemos más microprocesadores y, por si nos faltara imaginación, encarga a sus laboratorio inventar el futuro. No quiere decir que mañana será lo que nos digan pero, cuando muestran sus proyectos como lo hicieron el 11 de junio en el Computer History Museum, cerca de San Francisco, vale la pena echarle un vistazo a lo que nos proponen, particularmente en dos áreas tan esenciales como la movilidad y la salud.
"Hoy la movilidad es definida más por la capacidad de los aparatos que por lo que quisiéramos que hagan", afirma Kevin Khan, director del laboratorio de comunicación Intel. "Queremos que sean más poderosos, más personales y más conscientes de lo que los rodea".
Un teléfono celular tiene que ser capaz de darse cuenta del contexto en el cual se encuentra. Una cámara, por ejemplo debería poder entender que monumento está fotografiando y sacar automáticamente información sobre dicho monumento.
Lester Memmott, uno de los ingenieros presentes, me explicó que "el contexto no se limita al lugar. Mi teléfono puede saber que estoy en un concierto gracias al calendario y ponerse en modo vibración. Dotado de un acelerómetro, puede detectar también si estoy caminando o sentado".
Para integrar todo esto está desarrollando un context engine, un motor que agrega todos los datos relativos al contexto, los analiza y permite que diferentes aplicaciones tengan acceso al resultado. Con esto dice Memmott, "si está en cierta parte de la ciudad en una cita a las 11h, con otra cita en un barrio lejano a las 12h, si surge un accidente en la carretera o si hay mucho tráfico, le puede avisar que tiene que salir ya o llamar a la persona que lo espera para decirle que va a llegar algo tarde".
El context engine podría estar listo relativamente pronto. La dificultad, según Khan, reside en hacer converger todas las tecnologías implicadas (los aparatos) y, sobre todo en conseguir la cooperación de las distintas industrias implicadas y la adopción de los estándares.
Otro campo de mucha atención es la salud. "No tenemos los recursos para seguir soportando el sistema hospitalario como funciona hoy", explica Eric Dishman, un sociólogo responsable de la innovación en el campo de la salud. "Sobre todo si consideramos que el número de personas mayores de 60 años va a triplicar en los próximos años". En vez de atenderlos en el hospital, la respuesta consiste en monitorizarlos en su casa gracias a instrumentos capaces de enviar datos a los médicos.
La atención puede ser hasta mejor explica Bill DeLeeuw. En el caso de la enfermedad de Parkinson, por ejemplo: "En vez de hacer tests cada seis meses para modificar la dosis de medicamentos, el aparato que hemos desarrollado permite hacerlos cada semana y mandarlos directamente al médico".
El aparato existe y ha sido instalado en casa de un grupo piloto de 50 pacientes voluntarios. Lo pueden instalar solos y es muy discreto "porque la mayoría de las personas no quiere llamar la atención sobre el hecho que está enferma". Los datos son bajados a una clave USB que se puede luego conectar a una computadora, o llevar al médico.
Esos ejemplos son apenas elementos de una visión más ambiciosa que se llama "computación esencial". Se trata de concebir máquinas "intuitivas y conscientes del contexto gracias a múltiples sensores. Constituirán una clase totalmente nueva de aparatos más allá de los PC y de los móviles", explica Andrew Chien, director de investigación. Para él, "pasamos mucho tiempo riendo, aprendiendo, tocando o moviéndonos" y quiere hacer computadoras capaces de percibir la física de las cosas gracias a datos cogidos por biosensores, de "enriquecer todos los aspectos de la vida cotidiana", de ayudarnos "con el 90% de éxito durante el 90% del día".
Además de ser inteligentes, serán capaces de sentir y de comunicar. El reto consiste en "transformar esta capacidad de comprensión en reacciones en tiempo real".
No todas esas fascinantes visiones se volverán realidad, o no lo harán tan pronto como quisieran los ingenieros. En la era de la web, start-ups y usuarios cuentan más que los laboratorios de las grandes empresas.
29/05/2008
Ahí va una de fotos de rosas

Ya sé que existe flickr, pero ahí va una de fotos de rosas.
18/05/2008
Islandia 05. El laboratorio humano
El presidente de Islandia, Olafur Ragnar Grimsson, me contó una anécdota sobre el actor estadounidense Seinfeld. Hace cuatro o cinco años, en los momentos de más éxito mundial de la serie norteamericana del mismo nombre, Seinfeld entro en un restaurante de Reykiavik y pidió una mesa para él y sus amigos y otra para sus guardaespaldas. "EI cocinero se negó a servirle y le ordenó que se fuera del restaurante", dijo el presidente. Grimsson.
¿Por qué? "Fue una cuestión de principios", sonrió el presidente, un señor venerable, con aspecto de rey. Para empezar, el cocinero se sintió ofendido por la idea de que pudiera considerar necesario llevar guardaespaldas en un país que se enorgullece, con razón, de tener fama de seguro; en segundo lugar, la idea de que el actor y sus guardaespaldas se sentaran en mesas separadas resultaba fuera de lugar en Islandia, que se considera una sociedad sin clases.
La anécdota es tan simpática como la falta de medidas de segundad, o cualquier cosa vagamente parecida, cuando voy a visitarle en su residencia oficial de Reykiavik. Llego a la casa y me acerco conduciendo por un largo camino hasta la entrada principal. Llamo a la puerta y abre una joven. Le digo quien soy y ella me cree. Sin pedirme ninguna identificación. Mi única obligaciónn es firmar en el Libro de Visitas. Después, se abre una puerta y sale un hombre alto, elegante y sereno, con el cabello blanco y la mano extendida.
Es mi ultimo día en Islandia y he estado esforzándome para encontrar algo malo que decir sobre el país, un argumento para refutar a la primera persona a la que entreviste, la madre del futbolista Eidur Gudjohnsen, que declaró que Islandia era el mejor lugar del mundo. Sólo hay tres posibles defectos, que yo haya visto.
Uno, el tiempo, que cambia con una perversidad enorme, además de que, aunque no hace mucho más frío que en Madrid en invierno, nunca hace calor. Y además, la oscuridad en invierno. Pero todo el mundo me decía que le gustaba, sin excluir el inmigrante iraní con el que hablé.
Fallo número dos: el síndrome del nuevo rico. Varias personas con las que he hablado se han referido con repugnancia a lo que consideran el ansia nacional de comprar el último objeto de deseo consumista: teléfonos móviles, cocinas, coches. Pero la verdad es que, en comparación con las nuevas fortunas en otros países, los islandeses no se comportan con especial ostentación, al menos fuera de casa.
Fallo número tres: la cultura de la borrachera. Si Reykiavik se ha ganado la fama de ser un centro de marcha los fines de semana es por algo, como pude ver cuando salí un sábado por la noche, acompañado por un joven veterano de la vida nocturna. Fuimos a media docena de bares a lo largo de la noche, que terminó (en mi caso, no en el suyo) a las cinco de la mañana del domingo; a esa hora había más gente deambulando por el centro de Reykiavik que en ningún otro momento de la semana. Y la mayoría de ellos, borrachos -aunque no agresivos, a la inglesa-.
En Reykiavik hay un hospital puntero mundial en el tratamiento de adicciones. Se llama Vogur Hospital, y el médico que lo dirige es Thorarinn Tyrfingsson, que me ofrece un dato escalofriante: el 9,6 % de los varones mayores de 15 años islandeses ha recibido tratamiento en su hospital. Le pregunto si eso significa que, por debajo del barniz islandés de prospera igualdad y familias felices (no soy el primer extranjero que advierte que los adolescentes parecen llevarse curiosamente bien con sus padres), se oculta algún espantoso secreto tribal. El doctor Tyrfingsson –un hombre delgado, de sesenta y tantos años, con el cabello rubio y juvenil; el prototipo del islandés seguro y tranquilo que he conocido en su país- sonríe y me asegura que no. En primer lugar, dice, el dato es comparable a las cifras del norte de Europa y Estados Unidos. "Pero, además, el que tanta gente se atreva a someterse a tratamiento es indicativo de lo abierta que es nues
